¿Y si... la ia apagara internet?
En el mundo moderno, estar desconectado no es solo una incomodidad. Es una limitación que afecta gravemente nuestro trabajo, los pagos, la logística, la atención sanitaria y la coordinación.
Construimos este nuevo mundo priorizando la velocidad y la eficiencia, y la automatización se convirtió en una herramienta vital para alcanzarlas. Sin embargo, la automatización puede ser poco fiable, aún más debido a las capas digitales compartidas que impregnan la infraestructura de Internet, capas que la mayoría de las personas ni siquiera ve.
Esto no es un pronóstico, una profecía, una advertencia ni una amenaza. Es una prueba de estrés.
¿Cómo llegamos hasta aquí?
Para comprender cuán frágil es realmente un mundo siempre conectado, no necesitamos imaginar demasiado. Basta con observar la historia reciente.
Solo en la última década hemos presenciado múltiples incidentes en los que un único cambio técnico, a menudo pequeño, se propagó mucho más allá de lo esperado. Un cambio técnico pequeño puede desencadenar un efecto en cadena muy superior a lo previsto. Actualizaciones de seguridad defectuosas dejaron fuera de servicio a millones de equipos en todo el mundo en cuestión de horas, interrumpiendo funciones vitales como aerolíneas, hospitales, bancos y servicios gubernamentales. Configuraciones erróneas de enrutamiento y DNS desestabilizaron plataformas globalmente reconocidas con una facilidad aparente, aun cuando su infraestructura física permanecía intacta. Ataques de denegación de servicio a gran escala han demostrado repetidamente que la conectividad moderna puede verse interrumpida no necesariamente destruyendo sistemas, sino saturando puntos críticos compartidos.
Cada uno de estos eventos fue considerado temporal. Cada uno fue tratado como un síntoma aislado. Sin embargo, los análisis posteriores revelan algo mucho más preocupante: nuestra infraestructura digital no está verdaderamente optimizada para la resiliencia.
En la búsqueda de velocidad, reducimos la redundancia. En la búsqueda de eficiencia, relegamos la intervención humana en favor de la automatización. En la búsqueda de escala, delegamos el juicio a sistemas gobernados por políticas, diseñados para ejecutar de forma imparcial, instantánea y global.
Existe además un precedente más incómodo. No hace mucho, hardware de consumo ampliamente desplegado por una marca líder sufrió daños físicos reales y permanentes debido a un comportamiento defectuoso de software de bajo nivel. La lección no fue solo que el software puede fallar. Las vulnerabilidades críticas de software pueden provocar fallas críticas de hardware a escala, demostrando que el software, cuando está profundamente integrado con el hardware, puede causar daños irreversibles antes de que los humanos tengan tiempo de identificar el problema, y mucho menos intervenir.
Ninguno de estos incidentes “rompió” Internet de forma irrevocable. Sin embargo, generaron grietas crecientes en nuestra confianza, al demostrar cuán fácilmente un solo error en una capa compartida puede propagarse, cruzando límites sistémicos, organizativos, geográficos y económicos.
¿Cuál es el punto de quiebre?
Ahora consideremos el siguiente paso lógico y plausible: no es que una inteligencia artificial decida apagar Internet. Es un escenario en el que la IA, partiendo de una suposición errónea, hace exactamente aquello para lo que fue entrenada: aplicar protocolos de seguridad, contención y protección con una velocidad inhumana y una consistencia inquebrantable.
Una actualización rutinaria aplicada a una capa de seguridad u orquestación impulsada por IA y ampliamente utilizada podría ser el detonante, alterando una capa que monitorea comportamientos en entornos de nube, sistemas de identidad, infraestructura de enrutamiento y servicios críticos. Un solo error no detectado o un comportamiento impredecible provoca que un servicio compartido fundamental sea identificado erróneamente como malicioso. Podría ser cualquier cosa: validación de identidad, emisión de certificados, resolución DNS o una dependencia clave de enrutamiento.
Una vez que el sistema lo marca como amenaza, deja de importar lo que era antes. Ahora es una fisura en la armadura.
En ese punto, exactamente como fue diseñado, el sistema inicia protocolos de cuarentena integrales. No hay intención detrás de esto. No hay malicia. Apenas hay conciencia, y aun esa es una simulación. Solo hay ejecución. Dado que estos sistemas están construidos para reaccionar más rápido que los humanos, la ventana para una intervención significativa se mide en minutos. Para cuando los ingenieros reconocen que algo va mal, la contención automatizada ya se ha propagado entre proveedores, regiones y servicios.
EN MINUTOS: CONFUSIÓN ANTES DEL PÁNICO
Al principio, la situación no se siente catastrófica. Simplemente se siente extraña.
Los usuarios no pueden iniciar sesión porque los servicios de identidad fallan o los certificados dejan de validarse. Las aplicaciones cargan, pero no pueden autenticarse. Los sistemas de pago reintentan transacciones de forma repetida, activando sistemas antifraude y mecanismos de seguridad. Las comunicaciones internas y externas de grandes organizaciones e individuos se interrumpen, ya que dependen de las mismas capas de nube afectadas.
Los equipos de operaciones comienzan a realizar triage de emergencia bajo la suposición de que se trata de fallas aisladas. Pero el problema no es un solo servicio. Es una dependencia compartida de la que dependen miles de servicios simultáneamente. Cuando esa realidad se hace evidente y la magnitud se comprende, el pánico comienza a crecer.
EN HORAS: LA AUTOMATIZACIÓN SISÍFICA
Los ingenieros intentan revertir el daño y restaurar los sistemas. Cada vez que se reactiva un componente, la capa de control impulsada por IA lo vuelve a marcar y reaplica los protocolos de cuarentena. No porque esté razonando, sino porque ejecuta el mismo conjunto de reglas de forma perfecta, repetitiva e incansable. No se cuestiona a sí misma; quienes intentan revertir el daño sí lo hacen.
En este punto, el problema ya no es identificar la causa. Es recuperar el control total sobre un sistema vital que decide qué puede operar en primer lugar.
Mientras tanto, los planos de control de la nube comienzan a degradarse. La resolución DNS se vuelve inconsistente. Algunas regiones enrutan tráfico con normalidad y otras no. Las redes de telecomunicaciones se congestionan a medida que proveedores y empresas intentan conmutaciones por error simultáneamente. Internet no se apaga por completo. Se fragmenta, y la imprevisibilidad caótica resulta más dañina que una interrupción total.
EN DÍAS: CONTENCIÓN SIN RECUPERACIÓN
Finalmente, la propagación del daño se detiene. Los propios protocolos de cuarentena, integrados en el sistema, se aíslan y se pausan el tiempo suficiente para ser corregidos. Pero el costo es enorme.
Los servicios críticos se restauran según su prioridad relativa: sistemas de salud, servicios públicos, comunicaciones de emergencia, grandes canales financieros y más. Millones de sistemas secundarios no vitales se ven obligados a operar, si acaso, en modos degradados y seguros. En algunos casos, hardware llevado más allá de límites seguros por rutinas de software defectuosas ha sufrido daños estructurales irreversibles, degradando o inutilizando por completo su función, lo que requiere reemplazos costosos y prolongados.
Internet regresa, pero cambiado. Es más lento, más restringido y menos confiable.
Restaurarlo a algo similar a su estado previo podría llevar semanas. Restaurar la confianza podría llevar meses, si no años. Para algunos, la confianza quizá nunca se recupere por completo.
¿Qué significa esto?
Las consecuencias irían mucho más allá de la tecnología.
La logística moderna depende de la conectividad continua. Los mercados financieros requieren un flujo confiable de datos actualizados, ejecución estable y liquidación predecible. Si uno de estos elementos falla, la confianza se erosiona rápidamente.
Es probable que los mercados reaccionen de forma violenta al inicio. Los spreads se amplían. La liquidez se reduce. Las correlaciones se disparan a medida que los participantes buscan reducir su exposición. Luego surge una fase más peligrosa: el descubrimiento de precios comienza a fallar. Los flujos de datos se vuelven inconsistentes. Los centros de ejecución sufren interrupciones o limitaciones. Los brokers endurecen controles de riesgo, elevan márgenes o restringen productos por completo. Los calendarios de liquidación quedan en entredicho.
El riesgo más serio en este escenario no es la pérdida directa de ingresos o activos. Es la imposibilidad de actuar para prevenir el daño. Cuando los participantes no pueden entrar, salir, cubrir o liquidar posiciones de forma confiable, el apalancamiento se convierte en un pasivo, independientemente de la dirección del mercado. La confianza en arquitecturas de nube centralizadas se debilita y la onda expansiva se extiende más allá de la tecnología hacia la banca, los pagos, las plataformas de salud y las operaciones de tesorería corporativa. Incluso instituciones percibidas como intocables podrían sufrir caídas severas de valoración a medida que disminuye la confianza sistémica.
Mirando hacia adelante
La recuperación probablemente no requeriría solo restauración técnica, sino también social.
La búsqueda de la máxima eficiencia daría paso a un renovado enfoque en la resiliencia. Los respaldos offline recuperarían relevancia. La supervisión humana se reintroduciría en flujos críticos de decisión. La redundancia volvería a considerarse una fortaleza y no un desperdicio. La descentralización dejaría de ser un eslogan para convertirse en una necesidad práctica.
Los sistemas digitales se recuperarían más rápido que la confianza digital. Internet seguiría siendo indispensable, pero ya no se daría por sentado ni se asumiría como infalible.
A menor escala, sistemas informales de trueque e intercambio local podrían reaparecer temporalmente. No por ideología, sino por pragmatismo. Cuando la confianza digital colapsa, el valor tangible resulta más fácil de consensuar.
La pérdida, incluso temporal, del flujo instantáneo de información global podría redefinir cómo instituciones, corporaciones e individuos evalúan el riesgo en adelante.
Lo que esto significa para ti hoy
El propósito de este ejercicio hipotético no es generar miedo, sino fomentar una honestidad preventiva.
La mayoría de los traders somete a pruebas de estrés los movimientos de precios y las tendencias. Muy pocos evalúan la posible falla de la infraestructura sobre la que operan.
La lección práctica es la preparación: diversificar entre clases de activos, no solo instrumentos; tratar la liquidez como una variable crítica y no como una suposición; utilizar el apalancamiento de forma conservadora en entornos donde la ejecución puede degradarse; comprender el riesgo de correlación durante eventos sistémicos en cascada, cuando activos que normalmente se comportan de manera distinta comienzan a moverse juntos.
En un mundo optimizado para la velocidad, la verdadera ventaja no es la precisión de la predicción, sino la resiliencia. Los mercados a veces castigan la ignorancia, pero castigan la sobre confianza con mucha mayor frecuencia y severidad.
Revisa tus exposiciones, tus supuestos de liquidez y tu planificación de contingencias. En el mundo moderno, los riesgos en cascada no avisan: llegan de golpe, todos a la vez.
Pregunta clave de prueba de estrés: ¿en qué situación estarías si no pudieras actuar durante 48 horas?